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Festival magma

No vimos las caras conocidas de siempre. Extrañamos el público maduro y conocedor que siempre hizo del Magma su escaparate local de la cultura de club mundial. En esta edición el festival perdió, además de a parte de su personal de confianza, parte esencial de sus seguidores, y éstos se perdieron ser parte un año más del ojo del huracán, en estas tierras monóculas. En cambio se entregaron nuevos simpatizantes, veinteañeros en su mayoría, esperanza de que la mesa no quede desierta y pueda servirse una nueva erupción de música de calidad, para los que aprecian el clubbing con espírutu underground. Viva Magma, y su década de erupciones

Cerró Nicole Moudaber, una suerte de fiera salvaje e imparable que puso la piel de gallina al joven público que experimentó el riesgo de ser devorado por la entrega apasionada e impecable de este ser casi andrógeno dispuesto a levantar muertos. Un chutazo de vida para Magma, sin duda. El mando se lo cedió Magda, tras una sesión infinitamente elegante, delicada y contundente que llevó el minimal a dimensiones del arte más puro y exquisito. Sendas sesiones femeninas que abrieron el apetito voraz del gusto por dos vertientes infinitas y excitantes de la música electrónica. Divinas.

Desde sus inicios, Magma ha abierto un túnel volcánico por el que han entrado a la isla grandes maestros, aprendices y aprendices convertidos en maestros de las más reconocidas cabinas del mundo. Otros factores han desmerecido al festival -como al resto del entorno de la producción nacional-, pero definitivamente no ha sido la apuesta musical la que ha decaído, tal y como nuevamente fue evidente durante la octava magmífica edición, cuyos platos fuertes estuvieron servidos por dos portentosas mujeres que hicieron de la cómplice noche del 5 de diciembre un banquete musical para dejar satisfecho hasta al más sibarita de los electro-comensales.

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